Un relato al pedo

Esta es una experiencia pequeña, pero me conozco, lo pequeño lo hago grande y es que es parte de volver más real lo que es real.
Entré a clases de piano a los 6 años, todo comenzó al ver a un pianista griego llamado “Yanni”. Al enseñármelo mi padre, me encantó de inmediato, pronto mis dedos se volvieron musicales, Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, todos esos alemanes luego vieneses pararon en mi repertorio y en mi educación musical.
Siendo un niño, mi sentido musical no era muy fino, luego la barba, los romances y una explosión hormonal llegaron, ahora podía apreciar, los golpes sonoros de Beethoven, las bellas armonías religiosas de Bach, la picardía de Mozart, y el potente Wagner, las texturas de Debussy, el saca lágrimas de Chopin y el imponente Franz Liszt.
Pronto expandí mis conceptos, pronto el piano, ese mueble penumbroso melancólico, ya no era piano, pronto se arrimó una bestia, así tú dominas al piano o él te domina a ti, algo que diría un viejo de esos, que escudriñan sus recuerdos después del fracaso, pero me lo empecé a repetir, una y otra vez en mi cabeza, lo peor, ¿o lo mejor? Fue que no era mi voz, o la voz de mi conciencia, se arrimaba una ronca, de esas que fuman sin filtro, apremiante y tenebrosa voz, diciendo: o lo dominas o te domina.
Ya no era el mismo, la pasión cayó en miedo, con la presión de los tutores, y un pronto examen para el conservatorio.
Tuve una profesora, rubia, ojos claros, siempre olía a castañas y miel, tenía unas manos muy bellas, como bañadas en leche, con la sensación de tocar cualquier pieza, especialmente las de Chopin, siempre quise que me acariciaran. Pronto fuimos amigos, una extraña sensatez de familiaridad pesaba, pronto me contó de sus hijos, yo de mis padres, hablamos de mascotas, comida, La Paz, música y libros, y tenía una hija, que tocaba maravillosamente, personalmente inexpresiva.
Así de repente se fue, pasé días sin profesor alguno, ´solo los incentivos de ese viejo amable, caminar lento, fisgón, poco pelo, chato y cariñoso, que prefería quedarse en la enseñanza de niños.
Me sentía solo “per se”, la imagen del piano, me di cuenta que dependía mucho de mi maestra, así me quedaba en la mira, de ese ventanal barroco colonial con vista a la calle y al cielo, los cables atenuaban las nubes, y cuando llovía, me servía de la poca luz que me dejaba, para tomar ese sentimiento oscuro, esa aguja en el corazón que provocaba esa luz, esa imagen, que daba soledad, para tocar las mas bellas melodías de Chopin, sin maestro, sin correcciones, sin olvido.
Pronto conocí a mi nueva maestra, tarijeña por su rostro, chata, gordita, pelo largo y negro, tenía los ojos hundidos y la nariz respingada, como toda tarijeña, un caminar pesado, un vestir varonil, y su voz y su risa, parecían el eco en una esquina, algo chillón, algo exigente.
En este punto yo estaba desinhibido de mi, “deshabitado”, y no lo sabia, mis expectativas de un profesor exigente y dedicado se desvanecieron conociéndola, y se arrimo el concierto de fin de año.
Según yo, este fue el mejor concierto de mi vida, la naturalidad fluyo impresionante a mis dedos, y nunca olvidare lesa pieza de Schubert, hasta la puedo tocar ahora mismo, sólo recuerdo el rostro frío y callado de mi nueva maestra al bajar del escenario, fue un día más común que los otros, hasta más triste, sólo la emoción de demostrar dos piezas se me quedó, luego una rutina potente, felicitaciones vanas, y la incomodidad de mi terno ajustado.
Pronto, como siempre pronto, el tiempo pasó, seguía ensayando, un día la tarijeña me dijo que había un concurso de piano en Totora-Cochabamba, no puedo describir el poco de emoción que se adentro en mí, para luego mezclarse con un tanto de desconcierto.
Ahora yacía sentado en un reclinable a lado de la ventana, a mi lado la tarijeña, y adelante mío un amigo Carlos, lo recuerdo por verlo feliz tomando vino en el festejo de fin de año, hasta reilón, porque había roto mis prejuicios del alteño experto en la técnica pianística, en el festejo del aniversario del instituto de ese año, ahora desbordaba de emoción, ya había estado en el concurso del año pasado y con gran disfrute, no paraba de cantar su bello paraje, hasta irritaba, pronto se supo que a él no le fue muy bien, tampoco a mí…
Luego del agotador, la ciudad se hizo conocer, saltaré el tramo de Cochabamba por su “vano”, hacia la colonial de Totora; calor, cansancio, mucha gente, mayormente padres, muchos niños, no había chicas lindas, estaba tranquilo.
¿El hotel? No, una casa, cuarto oscuro, con las ventanas martilladas con tabloides, camas duras.
¿El sueño? Pronto, después de la inauguración, y la miseria de comida, descubrimos hermosas casas coloniales, cada una con un piano, de entrada libre, todos los pianistas practicaban sus mejores piezas, y todos escuchaban alrededor, a lo europeo.
¿Qué más sentí en ese lugar? Soledad, la ignorancia de los habitantes, envidia de las bellas melodías de otros dedos, que no eran los míos, calor, mucho frío en las noches, soledad, el dolor del quemazón de lengua por el té con té de las noches, sentirme más hombre ´por pedir lo que la timidez del Efrain no le dejaba, miseria y el tedio, el puto tedio.
Y pensar que al volver a La Paz contaría cosas increíbles de este viaje… Todas las tardes los concursantes concursaban con concurrencia de gente y con el reloj marcando las 15:00 hasta las 18:00, el nivel iba subiendo, al principio las presentaciones eran chafas, luego el nivel se notaba, conocí tantos pianistas, conversaciones superficiales y ,musicales, luego empecé a leer, me había llevado lamentablemente sólo un libro, aún nuevo: “Lupiñani” (Pensaremos en Quechua) de filosofía andina, luego no lo lamenté.
Pronto un vacío me empezó a comer, una depresión intensa me carcomía las entrañas, cosa que ni hablando con mis padres, ni las estúpidas e incómodas llamadas que hacía a mi novia de ese entonces me aliviaban, pero leer en los conciertos, me llenaba, conceptos andinos, filos, citas, Descartes, Nietzsche, Espinoza, el olor a humedad y el frío.
Aquí es donde comienza mi relato, mi historia, al terminar el libro, el único que llevé, me entró la desesperación, en el pueblucho no había nada que hacer, busqué en las librerías cercanas, libros vagos, mal fotocopiados y resumidos, me quedaba una semana, quería reventar a llorar.
Así, una mañana con el Efrain, tímido, estudiante de derecho, risa nerviosa, pelo plano, nariz grande, nos quedamos sólos en la casa de un viejo culto, con un piano parado bien cuidado, una casa llena de fotos y su ausencia, pronto, dejamos de tocar, empezamos a husmear-fisgonear, me topé con una pila de libros, me estremeció el cuerpo de repente, con la idea de robarme uno, títulos impresionantes como “Las cartas de Van Gohg, el principito, los tres mosqueteros, Ser y Tiempo (Dumas-Heidegger) y el último tango en París” eran los libros que me atrajeron, así el Efrain empezó a tocar otra vez al piano, a mí los nervios, el sudor, no tardó en gotear, nunca habia robado algo, culpa, miedo y vergüenza pronto fueron las sensaciones que tuve, al salir de esa vieja casa, con “el ultimo tango en Paris” apretado en mi mano derecha.
Ni el Efrain se dio cuenta, el único reclamón fue mi conciencia, pero me deleité con ese libro, hasta llegar a La Paz, las palabras entraron hasta mis entrañas, tuve una felicidad mediocre, con ese puto libro original robado y “totorense”.

El libro es el principal recuerdo que me viene a la cabeza cuando dicen totora o piano, no vpi al ganador del concurso, no volví a ver a la tarijeña, ni al Efrain, ni al Carlos después de ese viaje, al llegar terminé con la novia, me salí del instituto, compré la película del libro robado junto con uno de García Marquez, rompí algunas partituras viejas y descubrí mi verdadero “No-Talento”.

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